¿Por qué siempre llegamos tarde? y ¿ por qué odiamos que nos hagan esperar?

Supongo que es una cosa que se encuentra en la naturaleza de cada mujer. Y digo mujer, porque creo que conozco más casos de desesperación femenina que masculina. No es que sea de esas que les gusta hacer esperar a la gente, sin embargo, existe una pequeña sensación en mí, que hace que llegue involuntariamente tarde a todas las partes. No se trata de una cuestión rutinaria, solo me ocurre en casos extremos. Por ejemplo, todas solemos llegar tarde cuando quedamos con la pareja, familiares o amigos. Pero, supongo que eso ya es algo habitual. Toda una tradición marcada por un “lo siento, se me olvidó sacar la ropa de la lavadora”, o... “tenía que sacar las bolsas del maletero”, incluso escusas tan tontas como tenía que subir a apagar la bombona, cuando todos saben perfectamente que tengo una cocina de gas.

Pero el problema no es ese, el verdadero problema reside en situaciones importantes. Momentos como entrevistas de trabajo o eventos. Situaciones que deberías dominar y mantenerlas bajo control. Y creo que existen personas con problemas para mantener controlada situaciones como esas. No sé por qué extraño motivo mi cabeza programa un evento para un día y fecha determinada, lo apunto en agendas, papeles en el frigorífico, hasta pongo alarmas de aviso que indiquen cada media hora que trascurre desde el minuto uno en el que comienzo a arreglarme. Siempre calculo la hora estimada de antelación con la que debería salir de casa para ir con el tiempo necesario, no obstante, nunca cumplo mis promesas mentales. El problema es siempre el mismo, la ropa. No considero que sea únicamente un problema personal, seguro que le afecta a la gran parte de mujeres que como yo, nos encanta ir perfectas y seguras con nuestro look definitivo antes de salir de casa. El maquillaje y el pelo no deberían resultar un “hándicap” si es por lo primero por lo que empezamos. Ahora, el error reside en si decidimos empezar primero por la ropa y dejar lo demás para más tarde.

El recurrido suele ser algo parecido a este: abrimos el armario, una ojeada a simple vista nos da pistas para pensar que estilo queremos elegir, una vez echado el vistazo nos paramos a separar prenda por prenda, pantalón por pantalón… no nos convence, pasamos a las faldas, ¿midi o corta? Mejor vestido… ¿con estampado?. No, demasiado llamativo, mejor optamos por algo monocolor. Aunque creo que con camisa y jeans rotos estaría mejor…¡no lo sé!.

Comienza el período de desesperación. Decidimos sentarnos en la cama, la cosa va para rato. El problema es que si elegimos vestido, los zapatos que queríamos llevar no nos convencen, con unos tenis estaríamos mucho más cómodas, sin embargo, no llamaríamos demasiado la atención, y la cosa va de lucirse. Se acerca la última media hora arreglo y todavía no nos hemos maquillado. El reloj no se detiene, aunque nos encantaría gozar del maravilloso poder de parar el tiempo. La cita no espera, se trata de algo importante, y todavía no hemos salido de casa. Al final optamos por lo de siempre, esa camisa que nos sienta fenomenal combinada con esos vaqueros rotos del principio, como zapatos, unos botines con algo de tacón nos proporcionarán el estado perfecto que queremos para lucirnos lo justo, pero necesario. El pelo, algo rápido, natural, y el maquillaje... mejor entre semáforo y semáforo que si no, llegamos tarde.

Con diez minutos de retraso, llegamos a nuestro destino final, la cita va con retraso, nos hemos salvado una vez más. Pero... ¿y ahora? ¡¡¡Ahora, nos toca esperar!!!